Alice Neel: cómo coleccionar almas en el lienzo mientras el mundo se desintegra

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Alice Neel
Alice Neel en Nueva York, 1980, posando delante de su autorretrato hecho ese mismo año (Foto: Sonia Moskowitz / Getty Images)

Quizá lo estrictamente humano esté en la mirada: un par de pupilas intensas, penetrantes, rodeadas de un rostro —siempre peculiar—, el centro del espiral sensible que transmite de forma casi indescifrable el sentido de la existencia. A lo largo de la historia de la pintura, muchos artistas le han dedicado nada menos que su vida entera —desde Vermeer y Rembrandt hasta Da Vinci— a la minuciosa configuración de una mirada. Quizá ahí esté todo: el dolor exultante, la alegría gravitante, el silencioso peso del mundo. La obra de Alice Neel se puede decodificar en estos términos. Mirando fijo esos ojos llenos de potencia que la artista estadounidense fallecida en 1984 dibujó en cada uno de sus retratos, el alrededor se desarma, se borronea, pierde forma y nitidez, hasta finalmente desintegrarse. Así, Neel logra una triple sensibilidad: la del modelo retratado que se expone y se deja develar; la suya propia, como artista, que acepta el juego subjetivo de representar sujetos; y la del espectador, dado que, como escribió Friedrich Nietzsche, “cuando mirás largo tiempo el abismo, también el abismo mira dentro tuyo”.

“Para mí, la gente es lo primero”, dijo en una entrevista de 1950, “por eso he intentado reivindicar la dignidad y la incesante importancia del ser humano”. De esas palabras surge el título de la retrospectiva Alice Neel: People Come First (la gente es lo primero), que se exhibe en el Metropolitan Museum of Art (Met) hasta el 1 de agosto —hacía veinte años que no se hacía una retrospectiva de Neel en Nueva York—, para luego, desde el 17 de septiembre y hasta el 23 de enero de 2022, debutar en España al abrirse esta muestra en el Guggenheim de Bilbao. Con curaduría a cargo de Kelly Baum y Randall Griffey, esta retrospectiva divida en ocho secciones recorre su relación con la pintura abstracta, el género del bodegón y el pasaje urbano, algunas fotografías personales, algunas publicaciones en revistas de izquierda, dibujos de su hogar, naturalezas muertas, pero lo que sobresale, que es lo más numeroso y lo más intenso, son los retratos a sus amantes, familiares, amigos, vecinos en el barrio neoyorquino de Harlem del Este, dirigentes políticos, artistas queer y migrantes de todo el mundo que caían en la capital cultural estadounidense.

Alice Neel
“Margaret Evan embarazada” (1978) / “Jackie Curtis y Ritta Redd” (1970) / “Andy Warhol” (1970)

Pero la historia de Alice Neel empieza en las puertas del siglo XX, en enero de 1900, el día 28, cuando, en Merion Square, Pensilvania, Alice Concross Hartley dio a luz al cuarto de sus cinco hijos que tuvo con el contador del ferrocarril George Washington Neel. Alice Neel todavía era bebé cuando la familia se mudó al campo, a Colwyn, y cuando murió su hermano mayor, Hartley, de difteria, una enfermedad que mató a muchísimos chicos durante aquellos años. En los albores de aquel siglo las mujeres tenían una vida preconcebida; cuando ella se quejaba, su madre le decía: “No sé qué esperas hacer en el mundo, solo eres una niña”. Había en esa niña una pequeña incomodidad con las normas sociales que poco a poco comenzó a depositar con cierta ilusión en el arte. Creció y salió a trabajar: no había mucho dinero así que cuando terminó la escuela rindió el examen de Servicio Civil y obtuvo un puesto administrativo que le permitió mantener económicamente a sus padres. Para entonces, el arte era un hobbie que se debía pulir hasta, tal vez, por qué no, volverse una profesión.

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«Mujer embarazada» (1971)

Comenzó tomando clases en el programa de Bellas Artes de la Escuela de Diseño para Mujeres de Filadelfia. Cuando todos los pintores estaban sumergidos en el arte abstracto, se empezó a inclinar por el arte figurativo, el realismo como el que hacían los pintores que luego integrarían la llamada Escuela de Ashcan aunque lo suyo, que tenía un brillo raro, deforme, grotesco y a la vez tierno, estaba en el cruce entre realismo y expresionismo. Mientras estudiaba, recibió premios; después también. En alguna entrevista posterior dijo que fue muy importante para ella estudiar solamente con mujeres porque podía concentrarse en el arte y evitar las tentaciones sexuales. Cuando se graduó, conoció a Carlos Enríquez, un pintor cubano, y se casaron enseguida, en 1925; se fueron a vivir a La Habana. La familia y los amigos de Enríquez eran pura vanguardia: escritores, artistas, músicos. Había arte, pero también una conciencia social, ligada a las vanguardias estéticas y políticas. Su esposo era de familia rica; vivían en una mansión con sirvientes. En La Habana tuvo su primera exposición individual y también su primera hija.

El 26 de diciembre de 1926 nació Santillana. Como la actividad artística no cesaba —participó del XII Salón de Bellas Artes con su esposo y algunos de los pintores que formaron parte del Movimiento Vanguardia Cubano: Eduardo Abela, Víctor Manuel García Valdés, Marcelo Pogolotti y Amelia Peláez— decidieron partir directamente hacia la naciente cumbre artística de la época: Nueva York. Pero allá, una vez instalados, antes de que la niña cumpliera un año, murió de difteria, al igual que había ocurrido con el hermano de Alice, Hartley. El trauma para Alice Neel se vuelve tan grande que la salir viva de ese duelo era pintando. Y vuelve a quedar embarazada. Dos años después nace su segunda hija, Elisabetta. Carlos Enríquez, su esposo, le dice que se va a París a buscar un lugar pero, en cambio, se toma un barco a Cuba con Elisabetta. Alice desespera e intenta suicidarse. Y estuvo un año internada en el sector de suicidas del Hospital General de Filadelfia. Incluso ahí pintó algunas obras. “Alice amaba al miserable en el héroe y al héroe en el miserable. Ella vio eso en todos nosotros”, dijo Ginny Neel, su nuera, mucho tiempo después.

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“Nancy y Olivia” (1967) / “Dos niñas, Spanish Harlem” (1959)

Al salir de la clínica se fue a la casa de sus padres hasta que volvió a Nueva York. Su depresión coincidió con la del país, la Gran Depresión. El gobierno inició una política intervencionista, el New Deal, que tenía un programa impartido por la agencia Works Projects Administration (WPA) que consistía en dar trabajo a los desempleados. Neel fue una de las primeras artistas en trabajar allí. Mientras tanto, en su departamento de Nueva York se dedicaba a retratar las escenas marginales de la ciudad, la miseria de muchas familias, pero también la subversión, la rebeldía y la sexualidad que se filtraba entre las hendijas de la tradición como gritos de guerra. Tuvo un romance con un marinero llamado Kenneth Doolittle, adicto a la heroína, quien, un día de 1934, en un arrebato de furia, le prendió fuego a 350 de sus acuarelas, pinturas y dibujos. Unos años después conoció a un portorriqueño que por la noche cantaba en los bares. Se llamaba José Santiago. Fruto de esa relación nació Richard, su primer hijo varón. Se mudaron juntos al Harlem del Este, el Harlem hispano, conocido como El Barrio.

Al año siguiente el cantante portorriqueño, padre del niño, los abandonó. Alice estaba embarazada y él no era el padre. A su segundo hijo varón le puso Hartley, el nombre de su hermano fallecido. El padre era su amante, el intelectual comunista Sam Brody. Son tiempos donde Alice vuelve a acercarse al marxismo, aunque sin afiliarse al Partido Comunista y hace ilustraciones para la revista Masses & Mainstream. Hacia 1943 las cosas empeoran: deja de trabajar para la WPA y en los años siguientes sus obras desaparecen de las galerías. Es que en los cincuenta y buena parte de los sesenta, con el fervor anticomunista de la guerra fría —el macartismo se volvió sentido común—, el mercado repudiaba el arte obrero y de izquierda. Pero el vínculo con el universo intelectual y artístico se sostiene y en 1959 el director de cine Robert Frank le pide que aparezca en su película beatnik Pull My Daisy (1959) junto a un joven Allen Ginsberg. El mundo comenzó a cambiar, a abrirse, y su obra empieza a ser revalorizada a tal punto que se vuelve un ícono feminista. Para mediados de los setenta era una de las grandes artistas de su país.

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“Cindy Nemser y Chuck” (1975)

“Pinté al neurótico, al loco y al miserable; también a los demás”, dijo. En una sociedad desarmada, fragmentada, atomizada, ¿para qué sirve el arte: para celebrar las modas y subirse a la ola de las buenas costumbres o para desafiar con unos cuantos trazos coloridos el esquema que dice qué sí se puede representar en el lienzo y qué no? La crítica de arte estadounidense Roberta Smith definió a Alice Neel como “una figura de culto, una feminista temprana, una bohemia innata, una antigua realista social, una activista de toda la vida y una pintora incondicionalmente representativa que persistió con valentía”. Persistir. Cuando todo parece perdido, cuando nada tiene sentido, cuando el mundo es un torrente de agua sucia en contramano, persistir. Llegaron los premios, los fanáticos que celebraban su obra, los críticos que la aclamaban. Estaba en un punto alto de su carrera, no sólo en términos de popularidad sino también en cuanto a su técnica —sus últimas obras son las más intensas en cuanto a la composición de esos rostros inquietantes—, cuando murió el 13 de octubre de 1984 en Nueva York. Tenía 84 años.

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“Kate Millett” (1970) / “Autorretrato” (1980) / “Black Draftee (James Hunter)” (1965)

Quien recorra su obra encontrará retratos de trabajadores, amas de casa, niños, bebés, activistas, pobres, intelectuales, músicos, pintores, escritores, críticos de arte, artistas queer. Tenía un gran interés por la maternidad —proliferan los retratos de mujeres embarazadas pero también de madres, todos tan parecidos a y a la vez tan diferentes, tan singulares— y por las relaciones amorosas. Se interesaba, sobre todo, por los anónimos. Y en el caso de las figuras conocidas, como Andy Warhol, su se encargaba de desarmarlos hasta volverlos anónimos, como el resto de la sociedad, como lo que verdaderamente son: personas bailando el bals del sinsentido. “Soy una coleccionista de almas”, decía y basta con ver sus retratos, sobre todo los de los años cincuenta, sesenta o setenta, esos donde la mirada es el centro de un espiral existencial que construye un triángulo peculiar entre el modelo, la artista y el espectador que se asoma a esos abismos. Alrededor, los cuerpos, los muebles, la habitación, el mundo, todo, absolutamente todo, se desarma, se borronea, pierde forma y nitidez, hasta finalmente desintegrarse.

* Alice Neel: People Come First se exhibe en el Metropolitan Museum of Art (Nueva York, Estados Unidos) hasta el 1 de agosto y se exhibirá en el Museo Guggenheim Bilbao (Bilbao, España) desde el 17 de septiembre y hasta el 23 de enero de 2022.

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