CARTA PARA EL SANTO PAPA: FAMILIARES DE SEMINARISTAS PIDEN QUE NO SE CIERREN EL SEMINARIO DE LA CALLE TIRASSO

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En julio pasado el Obispo Monseños Eduardo María Taussig, anunció cierre del seminario diocesano a fines de 2020 «siguiendo precisas instrucciones emanadas de la Santa Sede».

En esa oportunidad, tras un comunicado emitido por el Obispado de San Rafael, Taussig informó acerca del nuevo rector puesto en funciones interinamente tras la renuncia del P. Alejandro Miquel Ciarrocchi, hasta el cierre definitivo del instituto a fin de año.

Cabe recordar que la disputa en cuestión se dio luego de que Ciarrocchi desobedeciera el mandato de Taussig de suministrar únicamente la comunión en la mano por una cuestión sanitaria debido al coronavirus. Sumado a serías diferencias de pensamiento, recelos e intrigas de parte del episcopado argentino, que se remontan al comienzo de la casa de formación sacerdotal en el sur mendocino.

En ese contexto las madres de los matriculados en el seminario, cerrado por el obispo por negarse a comulgar en la mano, han escrito una carta al Papa para que evite el cierre.

Su Santidad Francisco

Obispo de Roma y Vicario de Jesucristo

27 de Agosto de 2020 Santa Mónica

Nos atrevemos a molestarle ya que Ud es nuestro Pastor, a quien el mismo Jesús le ha dado la delicada tarea de cuidar de sus ovejas. Somos madres de los seminaristas del Seminario Santa María Madre de Dios de San Rafael, Mendoza, Argentina. Cabe aclarar que la iniciativa de esta carta es absolutamente nuestra, nace de nuestro corazón de madres, sin que ellos siquiera lo sepan.

Su Santidad, es difícil describir y expresar los sentimientos de profunda tristeza y desolación que nos embargan desde que recibimos la triste noticia del cierre del Seminario. Desde aquel 27 de julio, primer día de clase luego de las vacaciones, en que levantamos el teléfono para oír la voz temblorosa de nuestros hijos comunicando atónitos el cierre del Seminario a fin de año, créanos Su Santidad, que como madres fue muy difícil encontrar las palabras oportunas para darles consuelo.

En nuestras visitas mensuales hemos podido compartir con ellos y sus formadores, así como con las demás familias, el profundo espíritu de piedad, alegría sana, amistad y amor que deja traslucir el corazón de aquella comunidad. Nuestra intuición de madres seguro no falla cuando decimos que respiramos la paz en nuestros hijos, y advertimos el total convencimiento del camino que están recorriendo. Cuando recién ingresaron los llamábamos casi todos los días para ver cómo estaban, escuchar su voz y confirmar si estaban bien, pero con el paso del tiempo dejamos de hacerlo con tanta frecuencia ya que claramente advertimos que estaban allí muy felices. En ese Seminario, que es ahora su casa y su familia, hemos visto a nuestros hijos crecer y madurar convirtiéndose en verdaderos hombres. Y eso nos permitía dormir tranquilas cada noche.

También hemos ido conociendo las parroquias de la Diócesis. Familias enteras asistiendo a Misa, jóvenes ocupando su tiempo en formarse, rezar, misionar, hacer campamentos y retiros espirituales. Y detrás de todo esto está la figura del sacerdote, ese otro Cristo, entregado alegremente en alma y cuerpo a sus feligreses, dando ejemplo en la celebración de cada Misa, rezando ante el Santísimo (¡qué hermoso es ver rezar un sacerdote!), confesando, visitando enfermos y hospitales.

Santidad: esto es lo que queremos para nuestros hijos. Si van a entregar su vida entera a Dios, renunciando a cualquier otro proyecto humano, pues, ¡que valga la pena! En esa Diócesis hemos visto sacerdotes con defectos como todos, pero que aman a Dios y cuya más alta preocupación es la salvación de las almas.

Por tantos frutos evidentes que ha dado este Seminario, tan necesarios como escasos en nuestros tiempos, hemos adquirido plena confianza en sus formadores y en los sacerdotes de la Diócesis, la mayoría de ellos egresados de allí. Estos hombres han sabido sembrar en nuestros hijos, no solo con la palabra sino sobre todo con el ejemplo, la semilla del espíritu de verdadera entrega y piedad sacerdotal.

Como la cananea del Evangelio, sólo nos animamos a suplicarle, por su madre de la tierra y su Madre del Cielo, que intervenga para que se suspenda la decisión de cerrar el Seminario. Sólo pensar dónde irán, cómo se dispersará la comunidad, cómo se disolverá esta hermosa familia espiritual, que ya es también nuestra, nos causa un indecible dolor.

Confiadas en su bondad de Padre nos despedimos pidiendo su bendición.

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